De las escuaelas a las trinchera

by Admín - 16 de agosto de 2016

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En medio de las verdes serranías del Ybytyruzú, en un lugar llamado Pirity, en la población de Mbocayaty del Guairá, a pocos kilómetros de la ciudad de Villarrica del Espíritu Santo, se levanta una choza de adobe y techo de paja, con paredes pintadas con cal blanca.

En medio del patio de tierra dura apisonada hay un rústico y fino mástil de tronco de madera, en cuya punta ondea una deshilachada bandera tricolor.

Un grupo de niños y niñas forman las filas bajo el sol de la mañana, mientras un viento seco levanta nubes de polvareda.

Se trata del rústico edificio de una escuela rural, de las varias diseminadas por el agreste territorio del interior del Paraguay.

En este lugar, a orillas del arroyo Bobo, poco más de una cuarentena de niños y niñas reciben las lecciones escolares del maestro Clemente Medina, un ciudadano español radicado en el Paraguay, director y único docente de la pequeña escuelita.

Esta escena ocurre en los primeros días de agosto de 1869.

El maestro Medina acababa de recibir la visita de un estafeta del ejército del mariscal Francisco Solano López, quien le trajo la orden de presentarse al cuartel general de Azcurra, con todos sus alumnos varones, para unirse a las tropas.

Comunicaciones similares habían sido transmitidas a todas las escuelas de la región.

En esa misma mañana luminosa de agosto, el maestro reúne a sus estudiantes, entre quienes se encuentra su propia hija, Dolores Medina, una niña adolescente de 14 años de edad, quien es una de las pocas que sobrevivirán para contar la historia de ese día, y la de los demás días terribles que luego habrán de venir.

Dolores contará esa historia a su nieto Raimundo Paniagua, quien más de un siglo después, lo volvería a relatar al docente e investigador barrereño Andrés Aguirre, para ser incluido en su libro ACOSTA ÑU, EPOPEYA DE LOS SIGLOS.

Muchos de los niños y niñas que asistían a aquella pequeña escuela vivían con sus madres o abuelas ancianas, en los ranchos humildes de aquella región del Guairá, ya que los padres y hermanos mayores habían sido enrolados al ejército en los primeros tiempos de la Guerra, iniciada en 1864. De la mayoría de ellos no se tenían noticias acerca de si aún estaban vivos, o ya habían fallecido.

Aquella mañana, cuando supieron por boca del propio maestro Medina que sus hijos y nietos pequeños también tenían que marchar al frente, se escucharon gritos y lamentos de pena y de dolor, pero luego hubo determinaciones de coraje y valentía. Muchas de las mujeres y los ancianos decidieron acompañar también a los pequeños y al maestro. También varias de las niñas estudiantes se ofrecieron a ir con sus compañeros varones.

Muy cerca de allí, en la población de Villarrica del Espíritu Santo, otro legendario educador, el maestro Fermín López, también había suspendido las clases, para acudir con sus niños al frente de batalla.

Su última exhortación a sus alumnos, en la fila ante la bandera, es recreada en varios libros de historia: "Niños, no olvidéis que la patria está en peligro y, que en presencia de los sagrados deberes para con ella, nuestros pechos han de ser murallas cuando así las circunstancias lo exigen. Levantemos nuestro espíritu, y repitamos la consigna de la hora: ¡Todo por la patria! ¡Vencer o morir!”.

Pero el maestro Fermín y sus alumnos no llegarían hasta la épica batalla de Acosta Ñu, ya que morirían combatiendo durante el sitio y exterminio de la ciudad de Piribebuy, el 12 de agosto.

En Pirity, al día siguiente de haber recibido la orden, el maestro, sus alumnos y los acompañantes se pusieron en camino hacia el campamento de Azcurra.

"Allá enfilaron, para probar lecciones infantiles de patriotismo", relata el historiador Andrés Aguirre.

La escuelita de Pirity se quedó vacía y desolada, con el mástil desnudo, al igual que la mayoría de las otras escuelas de la región.

Antes de partir, el último acto escolar de los niños fue arriar la desteñida y ajada bandera tricolor, atarla a una fina y tosca rama de árbol, y enarbolarla en alto, coronando esa espectral procesión del maestro y sus alumnos, que se pone en marcha, a través de campos, montes y esteros, en dirección a un lejano valle de las Cordilleras, donde el destino los iba a llevar a escribir con sangre y heroísmo el mayor holocausto de niños en toda América.

Así lo contaría después el profesor Aguirre: "Las aulas quedaron para siempre abandonadas, porque jamás volvieron de la lucha terrible el preceptor y sus discípulos, quienes tuvieron su bautismo de sangre en la epopeya sin segundo de Acosta Ñu".